¡Spencer Reed se vacía las pelotas en el taller!
En el taller, que sigue abierto a altas horas de la noche, el olor a aceite y gasolina se mezcla con la tensión creciente. El frecuentador no ha venido sólo por su coche. El mecánico, con el mono entreabierto para mostrar un torso musculoso cubierto de grasa, es consciente de ello. El tipo cae de rodillas entre las herramientas, se lleva a la boca la polla ya dura del mecánico, traga con una avidez que hace brillar los ojos del dominante. Unos minutos más tarde, está inclinado sobre el banco de trabajo, con el mono bajado y aceite caliente goteando por sus lomos. El mecánico lo cubre generosamente y luego le penetra con un golpe profundo, potente y rítmico, como si quisiera reparar mucho más que la carrocería. El taller resuena con gemidos, el golpeteo de la piel y el metal frío contra la piel ardiente. Una reparación muy especial, muy consentida, muy intensa.