En este hotel alemán junto a la piscina, el tiempo se ha detenido. Dos jóvenes bronceados, de cuerpos tersos y músculos tiernos, pasan el día desnudos o casi desnudos, con gafas de sol en la nariz y la piel salada por el cloro y el sol. Se acabaron los planes y el estrés: sólo el deseo de tocarse, de saborearse, de vaciarse. Mamadas lentas y profundas, lamidas de culo que duran horas, luego sodo intenso, de pie contra la pared o tumbados sobre las baldosas calientes. Por la noche, se quedan dormidos uno al lado del otro, todavía pegados, listos para volver a hacerlo en cuanto se despierten: ¡eso sí que es lujo!